El primero en introducir la maldad infantil en la literatura de Occidente fue Henry James, en la novela corta -al menos para la extensión habitual de las obras más señeras de James- "The turn of the screw", traducida al español como "Otra vuelta de tuerca". Hoy, cuando el suspense aderezado con toneladas de gore -la presentación estereotipada actual de la maldad- de niños y adolescentes constituye un género cinematográfico en sí mismo, y el de mayor interés para los contables de las productoras y los propietarios de los cines, la visión sencilla de James nos parece muy "naif". Los niños son capaces de fabricar más, mucha más maldad.
